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Media hora antes del recital de Troadio Alfonseca, el centro cultural del barrio del Carmen estaba a rebosar de gente. No soy aficionado a estos tinglados, pero algún amigo dado a las musas -no sé si también a la inversa, nunca compartió conmigo ninguno de sus trabajos- me habló alguna vez que charlábamos -no siempre lo hacíamos- de enormes salas vacías en las que las brillantes metáforas reverberan huecas, para nadie.
Pero no resultó del todo exacta, su información, y ahora lamentaba mi aspecto: todos lucían audaces atuendos, anillos de metal en los lugares más insospechados del cuerpo, así como tatuajes y neones; todo allí brillaba, de una u otra forma, arrinconando a despistados como yo, refugiados en su americana de saldo, embutidos en sus pantalones chinos, un desastre absoluto, en definitiva.
Me costó bastante encontrar sitio, sólo lo logré en una esquina, delante de una columna y algo alejada del escenario. Unos muchachos habían arrancado los sillones de delante para prenderles fuego y después saltar entre las llamas medio desnudos, haciendo sonar abalorios que colgaban de sus muñecas y tobillos, mientras otros escupían fuego, hacían juegos malabares con pelotas de colores o jugaban al ajedrez y al go con animales amaestrados que conducían hacia los tableros dispuestos a lo largo de los pasillos asidos con cadenas.
Una breve melodía de violines anunció la aparición inminente de Alfonseca. El escenario fue ocupado por un grupo de muchachas semidesnudas bailando una especie de danza del vientre, o más bien se asemejaban a un grupo de esquizoides remedando una suerte de danza del vientre. "¡Las ménades de Alfonseca!", gritó alguien, y quizás influido por mis últimas lecturas se me antojó la voz de Dios. Pero no, no era Dios, sino alguien encaramado en una torre de universitarios de tres pisos que al terminar su aviso se derrumbó, arrastrando con ella a otras cuatro que se habían erigido, imitándola, a su alrededor.
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