Las tardes pasaban despacio en el infierno. Lo difícil era evitar a los
auténticos pecadores. Hoy, ella ha venido a visitarme. Mañana seremos
libres.

Esa noche soñé que dormía y que ella estaba a mi lado. Me despertaba
excitado pero ella me ignoraba. Volví a dormirme y esta vez soñé que a mi
otro lado había un caballo y que su falo estaba sobre mí, flácido a pesar de
que ella lo acariciaba. Me despertó una sensación pringosa. Se lo hubiese
contado, pero ya ni recuerdo el tiempo que hace que no la veo.

Fui a ver a un amigo para que interpretase todo eso, le gusta interpretar
los sueños de los demás; hay gente para todo, en el infierno. Estaba
trabajando. Dibuja tebeos. No me invitó a desayunar, porque ya lo había
hecho o quizás porque nunca desayuna. Se rió de buena gana y soltó tópicos
de manual, nada que no esperase, no es extraño porque Freud vive abajo, es
el portero. Pasamos el resto de la mañana fumando en su terraza, mirando a
los condenados.

Por la tarde volví a buscarla, pero no la encontré. Repasé mis nociones de
lengua china. Nada que no hiciese a diario, cualquier tarde. El crepúsculo,
como siempre, fue espectacular. Al fin y al cabo, juega en casa.

Me negué a dormir y enseguida vino un ángel. ¿Ha llegado ya la hora de mi
liberación?, le pregunté. No, aún no. Me pidió que le acompañase pero en el
momento en que mis pies abandonaron el alféizar de la ventana del dormitorio
mi cuerpo se desplomó contra el empedrado de abajo.

Algún día lo lograré, me dijo al día siguiente mi amigo mientras me enseñaba
un enorme trozo de papel en blanco. ¿Qué lograrás?, le pregunté. Me miró
como si fuese idiota. Esa mañana tampoco me invitó a desayunar.