EL VIAJERO IMAGINARIO

¿A decide marchar en dirección a B o es B quien deja que A se acerque ¿Puede A atraer a B y hacerlo A o viceversa? ¿Han sido A y B siempre distintos?

¿Fue antes la tortuga o la carcasa? ¿Qué tiene que ver todo esto con el motivo de la exposición de esta noche? ¿Contar, acaso, una anécdota probable? ¿Una nueva mixtificación que sea el fin de las mixtificaciones y el venero de un río más, nuevo, que es el mismo y diferente?

¿Con qué historia fantasear si acaba la jornada, estamos solos y nos sentimos felices, de alguna manera, y también, es posible, acompañados? ¿La historia del visir y la princesa? ¿O el mago que a los sueños descendía a rescatar almas errantes mirando partir cada noche bajeles y suspiros de cartón piedra en el alféizar que da al leve rumor de la plaza de vasijas móviles (y a eso le llamaban cielo),

o considerando a Reed Richards (también conocido como Mr. Fantástico) un interlocutor válido, aunque dejemos en suspenso toda la historia de su amigo Silver Surfer (si es que alguien como él puede tener entre los terrestres eso que convenimos en llamar amigo, atrapado por siempre o hasta el siguiente arco argumental en la atmósfera de nuestro planeta, él que surcó como heraldo a su pesar de Galactus, destructor de mundos, los confines del universo)

y así podríamos seguir toda la noche, ciertamente, con éste y otros recursos habituales de la novela gótica, según apunta una voz imaginaria que reconocemos como antigua y al tiempo como próxima, nuestra y de alguien más, más grande que nosotros y también íntima, pequeña y delicada, fuerte y acaso eterna, indestructible? Más concretamente:

si sólo pueden decirse fragmentos ¿no debiera recurrirse a aquellos que mejor explican todo o nada? Es decir ¿debiera recurrirse a lo inesperado convencional o esperar tranquilamente aquello que de todas formas, y aún desagradable, y dicho de algún modo, nos redima, aunque ya no quede nada de lo que tengamos que redimirnos en un presente que es eterno al construirlo a diario y está en todas partes? 

¿De qué hablamos cuando hablamos de lo hermoso o de lo triste, del dolor y lo agradable, la maldad o la bondad? Son, sin duda, factores en los que pensar a la hora de empezar o terminar reflexiones nacidas en instantes perecederos, que no nos sirven... ¿Es quizá conjurable una mezcla descuidada y libre, que imite aun consciente, todavía y por eso, los márgenes de una vida silenciada que se torna vida en algún modo?

¿Decir los días son largos como aspirinas y comidas de negocios, o las noches a veces largas, a veces cortas  y a veces más cortas? ¿Puedes imaginar lo que era ver llover desde el piso cuarenta de un edificio de oficinas en el centro de Tokio?

¿Qué puede decirse de palabras como noches o días, lugares, momentos, relojes y trenes, aquello de la vida que no sea tedio o rutina: sonrisas, fantasías y malentendidos, insomnio y vuelta a empezar, aunque estemos equivocados? Siempre que estemos de acuerdo llegando a cualquier punto como una madrugada en que el descanso se haga forma

o tengamos al menos la más mínima sospecha de que hablamos de lo mismo si decimos que los mapas al tesoro los guarda cada uno en su propio corazón, aunque a diario (decir abrázame) luchemos por llegar al otro, ¿no es decir obviedades hermosas con la que cerrar unas palabras en mañanas frías que ya despuntan, silenciando la lluvia de ayer aunque resten los charcos en la acera de hoy,

y que en el caso de que quisieran ser algo más allá de su propia inteligibilidad sólo se amarían a sí mismas, solitarias y caducas?

Antón Wu